Amartya Sen y la teoría de la justicia

AmartyaSen

En una de sus últimas publicaciones, titulada La idea de la justicia (The Idea of Justice, en su inglés original), el filósofo y economista Amartya Sen, ganador del Premio Nobel de Economía en 1998, analiza la teoría de la justicia que ha imperado hasta nuestro tiempo y que ha dejado tras de sí, según su criterio, un reguero de problemas sin resolver.

La idea fundamental de la obra es que no existe ninguna disposición intelectual que nos permita decidir universal y necesariamente en materia de justicia. Estos dos términos kantianos (universalidad y necesidad) han sido las bases de cualquier teoría de la justicia llevada a cabo por los filósofos occidentales a lo largo de los siglos. Estos filósofos, entre los que se encuentran Hobbes, Locke y el propio Kant, entendieron la justicia como un ente monolítico definido por una concepción idealista, utópica y unidimensional. Las consecuencias, argumenta Sen, son dos: por una parte, se han generado una pluralidad de teorías de la justicia reñidas las unas con las otras y que no fomentan el razonamiento práctico ya que, sencillamente, son incompatibles cuando las consideramos singulares y absolutas. Por otra, una concepción ideal de la justicia es algo imposible ya que requiere comparación, lo cual conlleva, necesariamente, pluralidad. Consecuentemente, Sen considera que la justicia no es un ideal sino un concepto plural que admite matices y dimensiones muy diferentes. El modelo contractual de justicia no es viable cuando el ser humano se enfrenta a injusticias atroces.

Ya en el siglo XX, Amartya se centra en la obra del filósofo John Rawls, al que parece contestar a lo largo de todo el libro. En su deconstrucción de la justicia rawlsiana ésta acaba pareciendo muy similar a la de cualquier líder soviético, al exigir una concepción única y explícita de la idea de justicia. Rawls es caracterizado como un personaje autoritario y preocupado por mantener el statu quo, que rechaza la noción de “justicia global” y excluye al resto de sociedades ajenas a la cultura occidental de la tarea de elaborar colectivamente una sociedad justa. Por ello, Sen estudia modelos de justicia alternativos en el sánscrito y en la cultura india para demostrar que, de hecho, existen otras concepciones de la justicia perfectamente viables.

La propuesta de Sen se basa en un fundamento real del comportamiento humano y de sus acciones, en lugar de en el modelo idealista que ha imperado hasta nuestros tiempos. Existen injusticias palpables en las que, por desgracia, no podemos intervenir; sin embargo, sí que somos capaces de actuar contra otras injusticias llevadas a cabo por personas que, conscientemente, desean perpetuar comportamientos dañinos. No se trata tampoco de elaborar un modelo paradigmático o utópico de justicia basado en la teoría de la elección social, sino más bien de elevar el grado de justicia existente en el mundo en base a una sensibilidad común que nos está llevando, en todo momento y en todos los rincones del planeta, a manifestar nuestra decepción colectiva con las injusticias globales que apreciamos en la actualidad.

Esta obra de Amartya Sen es ejemplar como modelo teórico fundado y arraigado en la razón práctica. No obstante, veo tres posibles dificultades en su teoría. La primera de ellas es que, dentro del concepto de pluralidad, encontramos una amalgama de opciones individuales. Cuando afirmamos que la riqueza de la justicia reside la pluralidad de concepciones diferentes que posee, estamos asumiendo la existencia de concepciones singularizadas de la misma. Por lo tanto, la teoría de Sen es útil para recordar el sentido limitado y temporal de cada una de ellas, pero no para generar nuevas visiones singulares de la justicia. Sen aquí pecaría de ecléctico, ya que si bien habla de una “sensibilidad común”, su papel es más bien el de garante de la tolerancia y la discusión razonada. El segundo problema es que, dentro de ese amplio espectro de perspectivas diferentes de la justicia, se encuentran también los injustos que perpetúan, consciente o inconscientemente, las injusticias. Esta oposición entre los defensores de la justicia y sus perturbadores dificulta una acción social bien organizada y choca con la propia idea de pluralidad defendida por Sen. La tercera y última dificultad es, justamente, el problema de la inconsciencia. Pese a criticar el antiguo modelo de justicia basado en ideales utópicos, Sen parece seguir concibiéndola como una consecuencia directa de las actitudes humanas racionales y conscientes. Sin embargo, a veces el problema no son las personas sino el entorno material en el que viven inmersas, como la tecnología, el medioambiente o los modelos matemáticos que regulan las infraestructuras y la economía. Estos factores materiales parecen mecanismos centrales en la elaboración de una sociedad justa o injusta, e incluso podrían conformar nuestra idea de la justicia sin que fuéramos plenamente conscientes de ello.

Alejandro Lázcoz Uceda

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