¿Quién es la globalización?

El hecho de plantear la cuestión es sin duda es sintomático, ¿cuál es el papel del Estado en un mundo globalizado? Sabemos que la globalización no es una quimera, la obviedad de su inmanencia no deja lugar a dudas: hay movimientos globales de mercancías, capital, trabajo, tecnología e información. El hecho de formar parte de este fenómeno hace que entendamos las intervenciones humanitarias, las relaciones con las empresas transnacionales y el Derecho Internacional de manera totalmente distinta a como lo hacíamos antes. Nos hacemos una idea, por tanto, de la irreversibilidad de la globalización si queremos comprender nuestra toma de contacto con el mundo. No se trata de abstracciones. Cuanto más remitimos a este fenómeno como algo intangible más nos damos cuenta de que nos equivocamos. Tanto si somos partidarios de aquellos que alzan la voz en el “malestar en la globalización” como si no no podemos negar la evidencia: la sociedad mundial es a-estatal y no está democráticamente legitimada. Lo interesante es plantear cómo la creciente  politización mediante la despolitización de los Estados se mantiene y ha logrado obtener un poder tan concentrado. Asistimos a una realidad en la que la experiencia de vivir y actuar más allá de las fronteras es un hecho donde el conjunto de las relaciones de poder y el conjunto de las relaciones sociales no están políticamente organizadas según la forma nacional-estatal.

Ulrich Beck, en su obra “¿Qué es la globalización?”, trata el fenómeno de la globalización como “debilitador de instituciones”. Uno de sus argumentos más fuertes contra la globalización es el que trata la puesta en marcha de la utopía del anarquismo mercantil del Estado mínimo, es decir, el hecho de que la globalización –entendida como politización- pretende eliminar las trabas de los sindicatos y del Estado nacional restando poder a la política estatal-nacional para ejercer libremente. El modelo en el cual podemos encuadrar esta “politización” de la globalización no es otro que el de la “segunda modernidad”. Según Beck esta ha colapsado en el momento en que el capitalismo se queda sin trabajo y produce paro, trayendo consigo la quiebra de la alianza entre sociedad de mercado, Estado asistencial y democracia. Ahora las cuestiones del futuro se han quedado sin sujeto y sin lugar disgregadas alrededor del mundo; la mano invisible se hace carne en el momento en que las fuentes de poder no están definidas y, a veces, son indefinibles. Beck contempla este proceso como irreversible.

Jeffry. A. Freiden hace lo propio en su obra “Capitalismo global”  tratando el fenómeno de la globalización y el del desplazamiento de la soberanía del Estado. Según Freiden, en un mundo globalizado vivimos siendo testigos de la separación entre poder y política; gran parte del poder que tenía el Estado para actuar con eficacia se ha desplazado siendo incontrolable dentro del espacio global. Freiden nos dice que la globalización “es una opción –y no un hecho- tomada por gobiernos que deciden reducir las barreras al comercio y a la inversión, adoptar nuevas políticas hacia las monedas y las finanzas internacionales y proyectar nuevas trayectorias económicas”. La globalización estaría formada por múltiples decisiones interconectadas de los gobiernos,  “las políticas nacionales y las relaciones entre gobiernos nacionales son la base de la globalización y determinan su poder”.

Ambos autores tratan la cuestión de la globalización y del desplazamiento de la soberanía estatal pero no pueden evitar caer en contradicciones. En primer lugar, mientras Freiden entiende la globalización como una opción y no como un hecho, Beck la contempla como un hecho y no como una opción.  Lo interesante es ver cómo Freiden que no ve en la globalización un hecho remite a instancias y a entidades reales, a saber, los gobiernos. Estos son reales y hacen referencia a miembros que toman decisiones, las cuales podemos encuadrar dentro de un marco –la globalización- que forma hechos y en el que se dan hechos. Su exposición acerca de la “potencialidad” de la globalización, por tanto, se habría actualizado convirtiéndose en acto, en hecho en este caso. Beck, por su parte, contempla la globalización como fenómeno, esto es, remite a ella para hablar de hechos que de hecho se dan. Lo curioso es que esos hechos son realizados desde una suerte de “sinlugar” y “sinsujeto”, algo que de todo punto de vista no remite a ninguna entidad real.

Lo mismo les ocurre cuando hablan de la pérdida de peso del Estado, se aproximan pero no llegan a ser claros –puede que se deba a que viven en la “fase líquida” de la modernidad-. Ambos concluyen que de hecho se ha producido un desplazamiento de la soberanía del Estado. En lo que no están de acuerdo es en el causante de ese desplazamiento. Freiden remite a los gobiernos, mientras que Beck remitiría a una “mano invisible”.  Freiden hablaba de la pérdida de soberanía del Estado en la “opción” de la globalización –pues la globalización es para él una opción y no un hecho-  pero lo cierto es que a la hora de buscar responsabilidades remite a los gobiernos de los Estados y no al mercado. Beck busca responsables en el mercado y encuentra en su búsqueda a la “mano invisible” pero su impotencia es no saber definirla porque es en sí misma indefinible.  Ambos aciertan con los síntomas y elaboran un diagnóstico pero, ¿cuál es el agente responsable de la enfermedad? Mientras tendremos que esperar a que llegue una nueva “fase sólida” – Zygmunt Bauman y su obra “Tiempos líquidos”- que nos saque del apuro.

Raquel Morales

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