Fantasmas del pasado

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Hace unos meses nos dejaban Stéphane Hessel y José Luis Sampedro, dos de los mayores instigadores de la juventud española en los últimos años. Ambos autores nos llamaron a los jóvenes a una insurrección pacífica, el primero con el panfleto ¡Indignaos! y el segundo con una serie de libros, apariciones públicas y colaboraciones en televisión. En el núcleo de su crítica estaba, como ya sabemos, el capitalismo, “los poderes financieros que lo acaparan todo” (sic) y el gobierno actual.

Los motivos para la indignación son claros. La crisis es patente y su origen no es sólo económico sino cultural, con un país agotando su ciclo evolutivo, sumido en la improductividad, la endogamia, el nepotismo y una mirada antediluviana de la economía. Los propios jóvenes hemos sido conejillos de indias de los innumerables cambios en los planes de estudios que cada gobierno instauraba cuando llegaba al poder. Durante la época de bonanza nos ha caracterizado el más absoluto desinterés por la vida política y económica; de hecho, todos conocemos la clásica (y muy española) carcajada jactanciosa hacia el compañero que intenta pronunciar correctamente el inglés, actitud que se extendía también a los que se interesaban por la vida política dentro de las aulas. Esta pasividad fue muy criticada por nuestros padres, que desgaciadamente vivieron en una época mucho más complicada que la nuestra en la que les fue imposible vivir en la letargia. De repente, sin embargo, a raíz de la crisis, parece que todos los jóvenes estamos en condiciones de hablar con pericia y conocimiento de causa acerca de los factores de la recesión y sus posibles soluciones, surgiendo así una serie de movimientos juveniles contra la situación de nuestro país.

Pues bien, pese a la heterogeneidad de estos movimientos de indignados, como el del 15-M, es palpable la existencia de un pensamiento dominante que tiñe todo el colectivo y al que uno se adhiere, guste o no guste, cuando asiste a sus movilizaciones: el de la izquierda antisistema. Así, la crítica vertida y las posibles soluciones transcurren entre los bancos y los políticos, la nacionalización del sistema financiero y el “reparto” de la jornada laboral. Desgraciadamente, estos problemas están muy alejados de la realidad española y no nos van a sacar de la crisis. Más bien al contrario.

En primer lugar, la crisis española es mucho más profunda que la de la banca. El BdE impidió la compra de activos tóxicos y, en ese sentido, España está limpia. La crisis española se debió a la de la burbuja inmobiliaria, mucho más grave que en otros países ya que somos una nación absolutamente improductiva e ineficiente donde la gente vio la posibilidad de ganar dinero fácil e inmediatamente abandonó sus puestos de trabajo para especular con la vivienda. Es cierto que los bancos daban hipotecas, pero de ahí a que ellos sean los únicos causantes de esta crisis media un abismo ya que sólo una sociedad como la española abrazó la especulación inmobiliaria de la manera en que lo hizo siendo ahora, además, incapaz de escapar a sus consecuencias. En ese estado de falsa efervescencia, los políticos no vieron ninguna necesidad de reformar el mercado laboral y la educación para construir un país productivo y competitivo. En segundo lugar, el gobierno del PSOE con sus “políticas sociales” y posteriormente el del PP decidieron tratar la crisis a través de un incremento de la demanda pública, negándose a ver que la recesión estaba causada por un problema de oferta. En tercer lugar, la educación recibida por los jóvenes ha sido un absoluto fracaso. Sumidos en la complacencia, nos hemos encontrado con una educación que fomenta que todo el mundo tenga una carrera universitaria dejando de lado las FP, dominantes en todo el resto de países de la UE. Para agravarlo, los planes de estudio universitarios no son útiles en el mercado laboral y las empresas se ven obligadas a “reeducar” a los recién licenciados. Con este panorama, los jóvenes españoles no podemos competir con los alemanes, los americanos o los coreanos y pronto tampoco podremos hacerlo con los indios, los latinoamericanos y los chinos. Es imposible que podamos cobrar salarios decentes ya que no somos lo suficientemente productivos. Finalmente, cuando nos contratan nos encontramos con un mercado laboral que es el paradigma de lo que los teóricos suecos llaman “modelo insider-offsider”: un grupo de trabajadores se encarga de proteger sus empleos mediante los sindicatos, dejándonos desprotegidos a los jóvenes sin experiencia, mujeres, inmigrantes, etc. Así, entramos en una espiral de la que nos es imposible salir, donde en 40 años de democracia hemos sufrido tres crisis en las que el paro ha subido por encima del 25%, cosa inaudita en cualquier otro país de la UE.

En resumidas cuentas, los jóvenes podemos y debemos manifestarnos. El problema es que la dirección de las críticas ha sido y es la equivocada y no va a poder ofrecer soluciones que nos saquen del pozo en el que nos encontramos sumergidos. En lugar de articular críticas a la banca, a la “universidad-empresa” (inexistente en nuestro país) y al capitalismo, habría sido mucho más útil criticar en su momento al gobierno y su ideología de izquierdas obsoleta y causante de esta crisis; a la improductividad, la incultura y la picaresca características de la sociedad española, incluidos los jóvenes; a las asociaciones de profesores, que han impedido una y otra vez la aplicación de reformas educativas que nos hubieran proporcionado una vida digna en este nuevo siglo; y a los sindicatos, que se han opuesto reiteradamente a reformar un mercado laboral que les beneficia y sostiene en detrimento de todos nosotros.

Suele decirse que, para revolucionar nuestras vidas, lo primero que debemos hacer es olvidar los fantasmas del pasado. Pues bien, parece que la juventud española desea perpetuar las mismas actitudes y los mismos comportamientos que llevaron a nuestros padres a construir un país que nos afixia e impide nuestro desarrollo.

Alejandro Lázcoz Uceda

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