Se busca crítico social alternativo

Viendo el cariz de los acontecimientos no nos resultará categórico afirmar, sin miedo a equivocarnos, que a mediados de 2013 la influencia de la tecnología en la vida doméstica es cada vez mayor, resultando casi imprescindible su presencia. ¿Por qué? Bien podríamos calificar de incontestable el hecho de que la mayoría de las tareas que realizamos día a día serían más laboriosas de no contar con aparatos electrodomésticos, conexión a Internet, tecnología 3G y transmisión TDT. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos, a los “tiempos modernos” y no lo digo yo, ya lo decía Charles Chaplin en 1936 con la igualmente titulada “Tiempos modernos”, una película que nos acerca las preocupaciones y quehacer cotidiano del hombre del siglo XX y que, en perspectiva, no dista mucho del hombre del siglo XXI. El “progreso” y la “novedad” de los tiempos que corren resulta ser valorada positivamente desde el punto de vista técnico e industrial; todo adelanto técnico se ve reforzado por su potencial adquirido, potencial en tanto que posibilita alcanzar estadios civilizatorios hasta entonces desconocidos. ¿Qué ocurre? Que por más que escalemos puestos en la pirámide de la técnica “nunca llueve a gusto de todos”, es lo que denuncian los precursores de la Teoría Crítica en el siglo XX.

Partiendo de la base de que la técnica resulta ser un “proceso ambivalente” de posibilidades prácticas con fines dominadores, los miembros del Instituto de Investigación Social –comunmente conocidos como miembros de la Escuela de Frankfurt- dan con un diagnóstico social desalentador. La llamada “crisis de la modernidad”, entendida en estos términos, hunde sus raíces en el proyecto de la Ilustración y su desarrollo, expuesto brevemente según la lógica causa-efecto, sería el siguiente: causa, la fe moderna –que confía ciegamente en el programa ilustrado- cancela cualquier instancia desde la cual llevar a cabo una crítica; efecto, la ausencia de crítica favorece la legitimación de un “presente envilecido” que no deja paso a la apertura, a la existencia de proyectos renovadores que reporten un pensar crítico al contexto histórico-cultural. Ante este panorama donde la crítica –destinada a denunciar la merma de la libertad como consecuencia de la “inflexible, jerárquica, sistémica, abstracta, funcional y autorregulada” lógica técnica- brilla por su ausencia, los miembros del Instituto de Investigación Social se esfuerzan en formular una interpretación teórica de la crisis sociocultural del mundo contemporáneo para así llenar el hueco que ha dejado ese vacío crítico. En su intento de reconstrucción de la historia tratan de despertar las capacidades –dormidas- críticas de la razón.

La Ilustración tenía como máxima su fórmula: razón + ciencia = liberación, máxima que se vio reforzada como consecuencia de los triunfos científicos alcanzados a lo largo del siglo XIX. Pero la ciencia, así como la tecnología no es neutra, no lo es si recordamos Auschwitz; la cuestión del mal aquí es asumida serialmente. Auschwitz era un lugar racional pero no razonable; la técnica se empleaba para matar. El progreso al que a priori apuntaba la técnica en manos de la razón se nos muestra dotado de poder. Nada inocuo o neutral había en Auschwitz así como nada libertador encontramos en la “razón instrumental”; en este escenario: el fin no tiene final…

De lo que se trata es de poner de manifiesto el hecho de que la técnica reducida al criterio del cálculo y utilidad -que obedece a una lógica formal con fines instrumentales-, en nombre de la asepsia científica y la neutralidad del saber, acaba por configurar una realidad descrita en términos cuantitativos y no cualitativos. No podemos negar que los miembros del Instituto de Investigación Social pudieron entrever ya en su presente inmediato cómo la técnica -expuesta a un mal uso, cabría añadir- acaba por ser contraria a la expansión de la vitalidad minimizando las potencias humanas, pero inmersos en la segunda década del siglo XXI este diagnóstico queda obsoleto. Además de emplear un tono desmesurado en muchos de sus escritos –que resta fuerza a su discurso-, la Teoría Crítica, al tomar la cuestión de la técnica desde una dimensión unívoca -sólo capaz de generar destrucción- tampoco fortalece sus virtudes, que las tiene. Ya en su tiempo poco o nada pudo hacer este proyecto por cambiar aquel escenario tan poco deseable; actualmente su aportación sigue siendo débil socialmente –carece de garra y repercusión-. En conclusión, siendo esta realidad otra –más poblada de artefactos técnicos-, la ya denominada “Transmodernidad” queda fuera de ese marco de representación descrito en términos absolutos, sistémicos y totalizadores; ahora son otras las cuestiones relevantes como el uso indiscriminado de la tecnología o las enfermedades que de ese uso derivan, entre otras.

Raquel Morales

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