Software libre vs Software propietario

Cuando hablamos de software libre lo hacemos para referirnos a “la distribución y consumo de bienes de información que se caracteriza por acciones individuales descentralizadas ejecutadas a través de medios ampliamente distribuidos y ajenos al mercado, que no dependen de estrategias de mercado”. Así lo define Yochai Benkler en su libro “La riqueza de las redes”. Su tesis defiende que el libre intercambio de información en las redes traería consigo una eficiencia económica para aquella sociedad que implantase en sus políticas la aplicación del software libre. Como es lógico, esta propuesta supone un gran impacto para el modelo que aún sigue vigente; el estatuto del software propietario o, más vulgarmente llamado, “cerrado” estaría en entredicho. Ocurre lo siguiente: un software propietario no permite a los usuarios el libre acceso su código fuente; no tenemos posibilidad de modificar, copiar o distribuir los programas en función a nuestras necesidades. Las empresas que comercializan este tipo de software y que abogan por la privacidad de los códigos ven enriquecidas sus ganancias mientras las libertades de uso de los programas informáticos por parte de los usuarios se ven considerablemente reducidas. Conocido es el caso de Microsoft, que para competir contra el navegador de Netscape incorporó en el sistema operativo Windows el navegador Explorer, y sonados sus esfuerzos para aplastar a todo aquel que intentase hacerse hueco mediante la liberación de su código fuente. Vemos pues, cómo estas estrategias competitivas en el campo de la tecnología son también relaciones de poder. Nos vienen a la cabeza conceptos como el de democracia o el de independencia. Y es que, el software libre se revela como una buena alternativa al encorsetado modelo que detenta esta “comunidad con amo”. La concentración empresarial en torno a la comercialización de software propietario frena el desarrollo, evolución e implantación del software libre, que permitiría hacer extensible la información a todos los usuarios alejándola cada vez más del cerco monopolístico.

La capacidad que tenemos como generadores de conocimiento para resolver nuestros problemas particulares haciendo uso de la tecnología es el estandarte que cualquier sociedad informatizada muestra para sobrevivir en la llamada sociedad de la información. Sabemos que en materia informática todo avanza a pasos agigantados y cada día se abren nuevos caminos para ayudar a resolver nuestras tareas cotidianas; que hasta ahora los sistemas operativos que rigen el funcionamiento de los aparatos y dispositivos que manejamos han estado supeditados a la lógica corporativa. Lo que es que es posible que no sepamos es que este estado de perpetua subordinación convierte “la riqueza de las redes” en un negocio que crea una relación de dependencia entre usuario-propietario. Aceptando el supuesto de que el uso de la tecnología no es neutral, la generación de tecnologías libres constituiría una nueva manera de entender la tecnología, que estaría puesta a disposición de la sociedad. Además, no hay que olvidarse de su contribución a la eficiencia presupuestaria. El INE reveló que en 2010 el porcentaje de empresas que utilizó software libre fue del 9’5%, en 2011 la cifra ascendió al 26’4% y en 2012 llegó al 35’9%, siendo los navegadores y las aplicaciones ofimáticas el tipo de tecnología más utilizada basada en software libre (76’1% y 57’6%, respectivamente en el año 2012) ¿Qué nos dicen estos datos? Que en tiempos de crisis la utilización de programas libres, que suelen ser baratos o gratuitos, aumenta al suponer una eficiencia de ahorro para los usuarios y sectores productivos. Sin embargo, no hay que perder de vista la importante inversión a la que tendrían que hacer frente las sociedades para sumergirse en ese tránsito del modelo vigente al modelo nuevo puesto que supondría  un alto costo en tiempo, esfuerzo y dinero. Las herramientas y el presupuesto para reemplazar los sistemas actuales por otros nuevos tardarían en materializarse. No obstante, hay soluciones inmediatas que podrían implantarse para conseguir acelerar el proceso como por ejemplo la puesta en marcha de la independencia tecnológica que alejaría el control de los sistemas del poder corporativo. El resultado de esta aplicación se traduciría en beneficios sociales tales como el aumento de las posibilidades de elección de los usuarios evitando que la empresa dueña de un software propietario se aproveche de su exclusividad sobre el mantenimiento y soporte técnico de sus productos promoviéndose la libre competencia. Además, los gastos derivados de la migración o  tránsito del antiguo al nuevo modelo – que incluirían gastos en licencias y desarrollo del software, conversión de datos, mano de obra y preparación del personal, entre otros-  se harían de una vez y serían fijos. Así lo fueron en su momento los gastos destinados a cimentar el que es ahora nuestro modelo. Como en todo, “las gallinas que entran por las que salen”; los gastos actuales destinados al mantenimiento y actualización de los sistemas gestionados por los responsables del software propietario ya no sería problema.

Parece que las ventajas del software libre son muchas, pero ¿y la parte negativa? Nadie nos asegura a qué nuevos problemas tendríamos que enfrentarnos. ¿Y si el remedio fuera peor que la enfermedad? ¿El software libre facilitaría el uso indebido a los criminales informáticos? ¿El control de la información sería historia? Estas preguntas nos asaltan dado que para hablar de libertad total tendríamos que empezar por no conectar nuestro ordenador a una red. En el momento en que la conexión queda establecida el control de la información y la libertad en la red no están asegurados y mucho menos a salvo. El hecho de que la información pase de estar en manos de las empresas a estar en manos del Estado no es más alentador, ni significa que vayamos a ser más libres. ¿Acaso no es este el mismo perro con distinto collar? 

 

Raquel Morales

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