La invasión de los ladrones de cuerpos

Michael Foucault acuñó el término “biopoder” para hacer referencia a la práctica de los estados modernos dirigida a controlar la población y a los individuos que la conforman. Es importante el matiz porque los estados imponen una técnica disciplinaria sobre la vida de las personas que se ejerce individualmente aunque siempre tendiendo al conjunto social en su totalidad. En una sociedad como la actual no cabe pensar en el poder jerárquico que había imperado desde la Edad Media. La irrupción del Capitalismo en la historia y la “democratización” de las sociedades han hecho mella en nuestra concepción tradicional del poder.

Así como en la Edad Media el poder se ostentaba mediante la relación cuerpo-soma, esto es, el individuo entendido como “carne” en una relación súbdito-soberano, donde el control se basaba en el empleo de la fuerza para causar dolor mediante la tortura y el suplicio para lograr la confesión; así como en los siglos XVII y XVIII el poder se ejercía escrutando el “cuerpo” y los “comportamientos” de los individuos para que la sociedad funcionase como una máquina mediante la vigilancia, la intensificación del rendimiento de los cuerpos “dóciles”; aquí y ahora se abre un nuevo telón  para que comience una representación diferente del poder.

En las sociedades modernas la política ha hecho uso de la biología para aplicar el poder. Pasamos, por tanto, del concepto de “biopoder” al de “biopolítica”. Con “biopolítica” hacemos referencia a las prácticas políticas por parte de los estados que tienen el fin de dirigir las sociedades, entendidas como conjunto de seres vivos regidos por procesos y leyes biológicas. El poder, dentro del concepto de biopolítica, se ejerce en acto y ni se da ni se recibe. La vida está totalmente permeada y gestionada por él. En una sociedad como esta el concepto de soberanía se desplaza. No es que no tenga importancia, sino que no se entiende de la misma manera que antes de surgir el “biopoder”. Ahora las masas no necesitan de los intelectuales o de modelos paternalistas para saber qué pasa y cómo actuar. Sin embargo, hay un obstáculo que impide su discurso, que impide que podamos hablar de “democracia real”.

El vacío que nos encontramos en la tesis de Foucault es la de la responsabilidad. Si le preguntásemos a Foucault quién o qué dirige el sistema no obtendríamos respuesta. Podríamos contentarnos con que la responsable de todo sea “una mano invisible”. Lo interesante es plantear si esa mano es la misma de la que hablaba Adam Smith. En su defensa, dedicarse a cuestiones como estas  -el bipoder- , propias de la filosofía política, corre el riesgo de no reforzarse teóricamente al no contar con datos aproximados como  los que utilizan disciplinas como la economía, la geografía o la sociología, lo cual dificulta más el análisis y alcance del concepto de “biopoder”.

Lo que sí nos consta es que algunas de las formas de regulación moderna que se nos aparecen como “democráticas” han sido asumidas por gran parte de la sociedad sin lugar a réplica. Esto lo comprobamos en cuanto nos damos cuenta de que la integración y exclusión social se interiorizan cada vez más en los ciudadanos vía sistemas de comunicación o de redes de información, por ejemplo. El biopoder se constituye a base de relaciones múltiples y heterogéneas mediante redes modulables y fluctuantes. Esto hace que la soberanía, decíamos, se entienda de forma distinta: ahora se sitúa del lado de las fuerzas sociales. ¿Por qué? Porque los individuos actúan libremente. Pero he aquí el matiz: hay libertad entendida como “poder de arrebatársela a los otros”. En un escenario como este, no es extraño que germinen relaciones de dominio. Al ser el poder una relación alejada de la unilateralidad y el totalitarismo, la manera de aplicarse y el control de los estados modernos es más sutil. ¿Ejemplos? El control de la natalidad a través de los mandatos para lactancias prolongadas en exceso o la encorsetada conciliación laboral y familiar. 

 

Raquel Morales

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