¿Puede la racionalidad tecnológica superar la ética kantiana?

La digitalización y la información se expanden vertiginosamente en la llamada “era de la información”. El siglo XXI, que tiene como habitante al “homo technicus”, ha sido testigo del desarrollo y avance de las tecnologías, un fenómeno histórico sin precedentes. El uso generalizado de la tecnología móvil, el nacimiento y auge de las redes sociales y la entrada de Internet a millones de hogares alrededor del globo terráqueo hace que pensemos en la tecnologización (con la consiguiente digitalización y expansión informativa) como un fenómeno global. Sabemos que la manera de estar en el mundo cambia sustancialmente tanto a la hora de desarrollar nuestras actividades cotidianas como a la hora de relacionarnos socialmente; la tecnología pasa a ser una mediación antropológica. Y es en este plano en el que la sociedad necesita que la ética atienda sus reclamos morales y deontológicos para caminar hacia un equilibrio y sostenibilidad antropológica.

En el momento en que la tecnología comienza a empapar todos los ámbitos de la vida humana se hace necesario un criterio para buscar una suerte de armonía que controle el impulso y las consecuencias derivadas de las tecnologías emergentes y su consiguiente expansión. La ética aparece como la perfecta candidata para dotarnos de ese criterio. La propuesta del Dr. Ramón Queraltó es desarrollar la estrategia del “caballo de Troya al revés”, que en su superación de la ética kantiana tiene una finalidad constructiva y no destructiva. Aquí la posible eficacia operativa de la ética se basaría en el interés y la conveniencia, algo que choca de lleno con nuestra concepción tradicional de ética. Si respaldamos la ética tradicional (kantiana) hemos de recordar que la ética tiene a su base la universalidad de sus preceptos y eso nada tiene que ver con el interés y la conveniencia. Para el Dr. Ramón Queraltó el primer vector ético sería la solidaridad, que según él se nos impone porque vivimos en “una sociedad mundial globalizada a causa, entre otros factores, del avance tecnológico”. Pero, ¿es eso cierto? Que lo que creemos que es una sociedad globalizada no es tal cosa. Sólo el 30% de la población mundial tiene acceso a Internet, el 50% no tiene acceso a comunicación móvil y en 2013 todavía encontramos “enemigos de Internet” que llevan a cabo prácticas de vigilancia activa e intrusiva. Si no podemos hablar de una globalización de facto, ¿cómo es posible que podamos acogernos a una ética reguladora adaptada a unos tiempos en los que asistimos a una globalización que no es global? Al igual que la actuación de los vectores éticos, que se necesitan recíprocamente, la óptima aplicación de una ética, basada en una estrategia específica a la altura de los tiempos, sólo sería posible en el marco de una globalización como tal y no una globalización parcial. Respecto de los dos siguientes vectores propuestos por el Dr. Ramón Queraltó (justicia social e igualdad de derechos), hemos de decir que quedarían vacíos si los contemplásemos como resultado de motivaciones pragmáticas y funcionales y no como universales precisamente por el carácter de universalidad que poseen tanto la justicia como la igualdad.

Raquel Morales Díaz

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