Crítica del documental “La corporación”

la-corporacion-iPara muchos antiglobalizadores, medioambientalistas, marxistas e intelectuales de izquierdas, la corporación es un instrumento endemoniado de destrucción masiva causante de la corrupción moral del ser humano y de la mayoría de los males endémicos de la sociedad. Pero ¿es, además, un psicópata? Esa es la conclusión a la que pretende hacernos llegar el provocativo documental “La corporación”. El film comienza definiéndola como una moneda con dos caras: “una institución que genera mucha riqueza pero que causa daños enormes”. La primera parte de la definición queda a modo de atrezo cuando comprobamos que el largometraje se centra más bien en la segunda parte de la misma. Desde un primer momento, Joel Bakan, profesor de la Universidad de British Columbia en Canadá y escritor del guion, demuestra sentir un aprecio intenso por la metáfora al comparar la corporación no sólo con un psicópata sino con manzanas podridas, águilas depredadoras, tiburones blancos o monstruos de dos cabezas. A partir de ahí, la orientación de la película es clara y el rechazo a cualquier tipo de análisis imparcial resultará evidente. El problema fundamental del film reside en que sólo atiende a una cara, deformada, de la moneda.

En un intento de convencernos sobre la supuesta patología mental que sufren las corporaciones, se establecen diversos criterios diagnósticos escogidos al azar del DSM-IV. Digo al azar porque ni existe una sola patología en dicho manual que incluya todos los síntomas que el documental atribuye a la corporación, ni mucho menos una enfermedad llamada “psicopatía” a secas. Por tanto, nadie puede ajustarse a los criterios de una enfermedad inventada. Pero, además, para que haya enfermedad primero tiene que haber una persona a la que atribuírsela. Una empresa no sólo no es un ser humano sino que, además, ¡el propio documental lo critica duramente cuando se refiere a su estatus legal! Si para Bakan es inaceptable que una empresa disfrute del mismo trato que una persona de cara a la ley, lo mínimo que puede exigírsele por honradez intelectual es que lo sea también de cara a la medicina en su propia película. Por último, cuando la enfermedad y el paciente están bien definidos (cosa que, de nuevo, no ocurre en el documental) se ha de establecer la relación entre ellos. Aquí Bakan vuelve a demostrar que la medicina no es su vocación, al atribuir a dedo cada síntoma a una empresa diferente. De este modo, obtiene un diagnóstico llamativo y populista pero sumamente inútil, ya que podría aplicársele a una empresa pero también a cualquier Estado o universidad, a la Iglesia o incluso a una asociación de estudiantes.

Todo esto no exime a muchas de las empresas nombradas en el documental de sus prácticas ilegales y monopolísticas, que de ningún modo estoy tratando de defender en esta entrada. Simplemente muestra la debilidad argumentativa del documental, que tras una hora de imágenes impactantes y mensajes al más puro estilo Michael Moore no termina de convencer a los incrédulos ni tampoco aporta información novedosa a los convencidos.

Alejandro Lázcoz Uceda

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